¿Eres de los que busca a Dios mirando al cielo infinito intentando encontrar una respuesta a tus preguntas?

¿Buscas a Dios mirando al cielo infinio?

¿Quizás porque tu día a día está tan saturado de preocupaciones, prisas, estrés, compromisos que no dejan lugar para encontrar a Dios?¿Es esa soledad y silencio de la noche la que te dice que quizás estás preparado para encontrarte con Él?¿Es esa estrella fugaz la que con su paso y su hermosura parece darte una respuesta que no entiendes?

Y si te dijera que ese Dios no lo vas a encontrar en ese cielo casi infinito que parece no tener fin, donde miles de cuerpos celestiales parecen saturarlo mientras se expande, haciéndose cada vez más y más grande. ¡Tranquilo! no eres tú el único que comete este tipo de errores, algunos de los más prestigiosos científicos que estudian el cosmos dicen que Dios no existe porque también lo buscan por ese mismo camino, ahí arriba en medio de las estrellas. Pero no, a Dios no lo vamos a encontrar en ese universo lleno de leyes de la física y fórmulas complicadas que solo algunos entienden.

¿Entonces para encontrar a Dios no necesitamos un telescopio, ni una nave espacial capaz de viajar mil veces más rápido que la velocidad de la luz atravesando pliegues en el espacio-tiempo y agujeros negros? ¿Tampoco tenemos que estudiar física cuántica o astronomía? Qué desilusión, o alivio, según por donde se vea. Y es que Dios es tan simple y sencillo que cualquier persona sin estudios y sin recursos puede llegar a encontrarlo. De echo, lo más común es que Dios se descubra a los más débiles, a los enfermos, a los pobres, a los que sufren.

Porque para descubrir a Dios es necesario negarse a sí mismo.

¿Por qué los grandes pensadores y las grandes mentes buscan a Dios en lo complejo? Porque piensan que si existe Dios tiene que ser algo muy complicado de entender. Y no, Dios no está en lo complejo, Dios está en lo simpleen lo sencillo, en un pesebre lleno de paja o en una cruz de madera con los clavos oxidados.

¿Y dónde encontramos a Dios entonces?

¿No sabes por donde empezar a buscar?

Empieza ahí donde te encuentras sin saber por donde empezar, en la soledad, en el silencio, en esa estrella que no está en el cielo infinito pero sí en tú corazón, dando luz (amor) a tu vida, porque Dios es amor y allí donde hay amor, allí está Dios. 

Ahí, en tu corazón, sigue a esa estrella que sientes dentro de ti y encuentra ese portal de Belén, donde está ese niño Jesús acostado sobre un pesebre lleno de paja, esperando para hacerse mayor, para darte luz a ti y al mundo a través de ti.

Y es que en cada uno de nosotros se repite la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte. En nosotros Jesús vuelve a nacer, vuelve a ser adorado, vuelve a crecer, vuelve a aprender, a tener una profesión, vuelve a trabajar, vuelve a ayudar a los demás, vuelve a enseñar al que no sabe, vuelve a visitar a los enfermos, vuelve a dar de comer al hambriento, vuelve a hablar de su Reino para que todos se salven. Vuelve a ser justo y misericordioso, a ser paciente y compasivo, a ver a los demás con cariño, vuelve a ser el que perdona cuando es ofendido, vuelve a dar su vida por los demás y vuelve a morir para resucitar y volver al lado del Padre.

Porque a Dios, a Jesús, lo vas a encontrar primero dentro de ti y después en los demás, en tus hermanos, y en ese momento podrás sentirlo en ti y servirlo al mismo tiempo en los demás. Es un misterio maravilloso, es un todo para el todo, es como vivir en varias dimensiones, en varios espacio-tiempo, es vivir en la inmensidad del infinito, vives por y para Cristo, ya no eres tú sino Él.

Eres ese hijo al que Dios tanto ama, en el que se complace, eres reflejo de Cristo.

¡Sirve a Cristo siendo reflejo de Cristo!

Empieza entonces buscando esa estrella (amor) que brilla dentro de ti, que te va a llevar a dar con ese niño Jesús acostado en ese pesebre dentro de tu corazón. Si estás leyendo esto, es porque sientes esa estrella, ¡Síguela! ese es tu camino, con ella encontrarás tu destino, tu felicidad, tu riqueza, tu fortaleza, tu determinación, tu valentía, la paz, la tranquilidad, el sosiego, la fe, la esperanza y la caridad. Te encontrarás a ti mismo y la respuesta a todas tus preguntas, encontrarás a Cristo en ti y a Cristo en los demás.

Encuentra a Cristo y encontrarás a Dios, porque Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre para servir al hombre y dar su vida para el perdón de sus pecados y la salvación de éste.

Jesús no es ese Dios que viene al mundo para ponerse del lado de los buenos y castigar con mano férrea a los hombres malos, algunos esperaban y esperan a ese Jesús castigador, pero Jesús es ese Dios que vino a darle una oportunidad a todos los hombres, buenos y malos, esperando como un padre espera que su hijo se convierta y se salve. Cristo murió en la Cruz por todos, buenos y malos (además solo Dios es bueno) y en su vida, en sus enseñanzas y en esa cruz están todos los medios necesarios para que cualquiera sin excepción, se convierta y se salve.

Y sí, será en su segunda venida, cuando vuelva en toda su gloria, cuando su enorme poder haga temblar de espanto a sus enemigos, cuando sí se pondrá del lado de los buenos y castigará con rigor y justicia a todos los hombre malos, separando el trigo de la cizaña, ya no habrá vuelta atrás para el arrepentimiento, para la conversión, porque ese será el fin. ¡Estad preparados!

¿Estás preparado para que crezca en ti ese niño recién nacido que está durmiendo en el pesebre de tu corazón?

¿Estás preparado para seguir a Jesús? Vamos!

Conociendo las escrituras, leyéndolas, comprendiéndolas, meditándolas, vamos a ver como ese niño crece, aprende, enseña, ayuda y es luz para el mundo, y claro, tú con Él. Vas a conseguir que tu corazón se parezca al suyo y después, con su ayuda, conseguirás que los corazones de los demás también sean como el de Jesús. Porque ignorar las escrituras es ignorar a Cristo, porque en ellas están sus enseñanzas, su ejemplo, su vida y nuestra salvación.

Busca el silencio, la soledad, como cuando mirabas las estrellas del universo en la oscuridad de la noche, pero esta vez no veas hacia arriba, sino dentro de ti, dentro de tu corazón están todas las respuestas. ¡Escúchalo! Ábrelo de par en para para que se llene de conocimientos, no pongas impedimentos y confía, eso es a lo que llamamos Fe. Fe es confiar en que lo que nos dice Jesús es verdad, aunque al principio veamos todo borroso ¡Tranquilo! es normal, y de ahí viene la otra aptitud que necesitamos para seguir a Cristo, la perseverancia para no decaer.

Además tenemos que tener en cuenta otro factor muy importante que nos va a complicar mucho la vida, no hemos hablado de él antes, pero hay a alguien que no le gusta lo más mínimo que sigamos a Cristo, el demonio hará todo lo que esté en sus manos para que no confiemos ni perseveremos en seguir a Cristo. ¡Tranquilos! esa es su misión, pero Jesús nunca va a dejar que sobrepase nuestras posibilidades y nuestra voluntad, al fin y al cabo, superar estas dificultades que vamos a encontrarnos sí o sí, nos harán mucho más fuertes, más inteligentes, más astutos y más rápido avanzaremos en nuestra preparación para seguir a Jesús.

Llegó la hora, Cristo te está esperando ¿Le ayudas?

Llegó la hora, Cristo te espera. ¿Le ayudas?

Para seguir a Cristo tenemos que utilizar todos los medios que Él nos dejó para conseguir nuestra salvación y la de los demás.

Primero, el ejemplo de su vida y sus enseñanzas. Podemos tener acceso a ellas a través de los cuatro Evangelios, donde San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan nos relatan su vida pública. Nuestra vida tiene que ser un reflejo de la de Jesús, y es ahí, en los Evangelios, donde podemos ver como vivió Jesús y lo que espera de nosotros.

Segundoa través de la Iglesia fundada por Cristo vamos a tener acceso a los Sacramentos, que como su nombre indica, son sacramentales que hacen llegar a nosotros los bienes de la redención. Además podremos participar en la Eucaristía (Santa Misa), que es poder estar junto a la Cruz de Jesús mientras es crucificado, y poder tomar bajo las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre de Jesús que fueron entregadas por Él en su crucifixión e instituidas durante la última cena, para la salvación y el perdón de nuestros pecados.

Tercero, reflejar en nuestra vida la vida misma de Jesús, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Es quizás el punto más importante pues son nuestras acciones las que nos hacen santos, es ser Cristo quien actúa en nosotros y ser Cristo quien recibe nuestras obras en los demás. Es el todo para el todo, el amor infinito, el hijo de Dios al que tanto ama y en el que se complace. De poco vale saber de memoria los Evangelios, utilizar los bienes que nos da la Iglesia, si al final nuestra vida no es un reflejo de Cristo. Seremos como el árbol que es grande y frondoso pero no da fruto, seremos cortados y echados al fuego para acabar en cenizas. Incluso será peor si en vez de ser un reflejo de Cristo somos un ejemplo de maldad, pues ese es uno de los grandes males que sacuden a la Iglesia de Cristo, que el ejemplo de sus hijos no se corresponda con el reflejo de la vida de Jesús dando lugar al escándalo, el cual será castigado duramente por Dios: más le valiera no haber nacido, nos decía Jesús en relación a los escándalos.

Es importante saber que tenemos que ser fieles a Cristo, a Él seguimos y solo Él es nuestro Maestro, pues los que formamos la Iglesia, desde el Papa, Cardenales, Obispos, Sacerdotes a los laicos, como hombres y mujeres pecadores, somos capaces de lo mejor pero también de lo peor, y eso no puede ser motivo para dejar de seguir a Cristo, pues Él, sí es bueno y por Él debemos dar nuestra vida.

¡Ya estás preparado!

¡Ya estás preparado! Tus frutos serán abundantes y tu vida eterna.

Cristo vive en ti y tú en Él, tu cuerpo es templo del Espíritu Santo y vives en presencia de Dios cada microsegundo de tu vida, todo lo haces por Jesús y por los demás como Él lo hizo por nosotros, porque vino a servir y no a ser servido. Tus ángeles ven a Dios en todo momento y Él se complace en ti, tus frutos serán abundantes y darás gloria a Dios, serás su apóstol, su discípulo y acercarás a los demás a Cristo, serás una piedra de su Iglesia, su alegría, serás su orgullo y una luz para el mundo, todos verán en ti a Jesús. Serás bienaventurado y verás día tras día como es Jesús quien actúa a través de ti, serás testigo de sus milagros que cambiarán el mundo y los corazones de la gente. Alégrate, porque grande será tu recompensa en el Cielo.

Y además, la próxima vez que veas el firmamento, con todos los cuerpos celestiales buscando un cachito de gloria entre tanta competencia, sabrás que Dios no está ahí arriba sino en tu corazón y que toda esa inmensidad del Universo fue obra suya, ¡Sí! obra de ese Dios que empezó durmiendo en el pesebre de tu corazón.

 
 

¡¡Sigue a Cristo!! 

Él es el camino, la verdad y la vida.